En medio del conflicto entre Israel y Hamás, la procesión anual del Viernes Santo en Jerusalén, que suele atraer a multitudes internacionales, se vio notablemente reducida en número de participantes. La mayoría de los presentes eran cristianos palestinos, junto con algunos residentes extranjeros y pocos turistas.
Esta procesión tradicional sigue el recorrido de la Vía Dolorosa, el camino que, según la creencia, Jesús transitó antes de su crucifixión. La policía israelí implementó medidas para garantizar el paso de los peregrinos, desviando a los compradores del concurrido sector musulmán de la Ciudad Vieja.
El evento fue liderado por un grupo de exploradores árabes palestinos, seguidos por la comunidad cristiana local y una pequeña delegación de la orden franciscana, compuesta principalmente por residentes extranjeros en Jerusalén.
A pesar de la situación, algunos residentes locales expresaron su tristeza por el contexto de guerra. Munira Kamar, una palestina cristiana, compartió su perspectiva mientras observaba el desfile, destacando la importancia del evento incluso en tiempos difíciles.
La Iglesia del Santo Sepulcro, donde se cree que Jesús fue crucificado y enterrado, también evidenció la reducción de visitantes. Las restricciones de movimiento impuestas desde el inicio del conflicto han limitado la presencia de fieles palestinos de Cisjordania en Jerusalén para las festividades.
Aunque los comerciantes locales abrieron sus negocios para los pocos turistas presentes, la afluencia de clientes fue mínima. Fayaz Dakkak, propietario de una tienda local, expresó su preocupación por la situación en Gaza y su impacto en el ánimo festivo de la celebración.




